Busqueda avanzada

Constitución, feminismo, libertad
27 Abril 2021

Constitución, feminismo, libertad

He escrito un libro titulado Crítica del constitucionalismo feminista (Atelier, Barcelona, 2020). Y esa podría ser toda la noticia. Es decir, he conseguido agavillar unas páginas, de forma más o menos constante, sobreponiéndome a la quiebra de la concentración tan típicamente posmoderna de nuestros días (lean a Nicholas Carr). La principal tesis que defiendo es que no hay un solo feminismo sino varios y que, aunque la libertad ideológica permita defender todos ellos (la democracia española no es militante, dicen), en realidad es más que probable que sólo un feminismo liberal, que persiga la no discriminación en el disfrute de los derechos ya existentes, sea fructífero desde el punto de vista constitucional en el bien entendido de que la norma suprema marca las líneas rojas y las reglas del juego de cualquier debate político y privilegia que las propuestas políticas se canalicen y articulen con reflexión, pausa y gradualidad. Decir esto parece de otros tiempos, pero los buenos argumentos suelen ser atemporales.

Ignacio Álvarez Rodríguez

Hay muchos feminismos, tanto desde el punto de vista teórico como desde el punto de vista práctico. Pero sólo uno se basa en mejorar con prudencia gradual y no se empeña en revolucionar con sed vengativa (lean a Jessa Crispin). Hay muchos feminismos jurídicos, pero solo nos valdrá aquel que vea en la Constitución lo que esta es (la casa de todos) y no lo que pretenden que veamos (el pacto de una élite de señoros y machirulos). Hay quien quiere utilizar el feminismo como ariete para derribar el “régimen del 78”, sin darse cuenta – o precisamente siendo muy conscientes- de que ese “régimen del 78” es el que hace que podamos estar discutiendo si lo derribamos o no sin que nos pase nada malo por ello (y bien que me parece y mucho que me alegro). 

 

Hay quien dice que sólo las mujeres pueden garantizar los derechos más básicos de las mujeres y quien sostiene y no enmienda que la perspectiva de género es necesaria de todo punto en cualquier ámbito, pero en cuanto la realidad le da un par de topetazos a sus argumentos, se condena y orilla a la realidad y se glorifica el mundo como la voluntad propia, a la Hegel. También hay quien dice ya tenemos un feminismo mundial o global (hola, cuotas electorales) y hay quien dice que es necesario que el hombre se deconstruya para reconstruirse como algo nuevo (hola, nueva masculinidad como ingeniería social odia-personas). Luego, que si Jordan Peterson esto y que si Un Tío Blancho Hetero lo otro. Odian sin cordialidad y sin disimulo. Como buena propuesta populista, necesitan de sus antagonistas por más que los critiquen y no pueden vivir sin ellos, no hay manera. 

 

Hay quien dice que si no decimos todos y todas (y todes) no nos estamos refiriendo realmente a todos, cuando al hacer memoria –pongamos por caso los últimos quince-veinte años- este problema no existía por ningún lado y si la persona que hablaba decía “todos” era porque se estaba refiriendo a los que integraban en ese momento el auditorio (disclaimer: no confundir significado con significante es altamente saludable). ¿Por qué alguien va a querer excluir adrede a parte de las personas que han ido a verle y/o escucharle? ¿Para qué?

 

Hay quien dice que hay que prohibir el discurso del odio sexista y la mejor forma que se les ocurre es prohibir que otros hablen en un aquelarre donde se juzga y condena a quien ose levantar la voz, por ser rabiosa y heteropatriarcalmente sexista. Vean el ejemplo de lo que le sucedió a Pablo de Lora, brillante jurista arrasado por la turba del momento cuando se disponía a dar una conferencia (y a Roger Scruton, que en paz descanse; y a Kathleen Stock; y a un Premio Nobel en Física; y a Amelia Valcárcel, y a cada vez más intelectuales). 

 

Lean los libros de Ricardo Dudda, de Daniel Gascón, y de Juan Soto Ivars. Lean a Mark Lilla. O el último de Francis Fukuyama. Escuchen a Miguel Ángel Quintana Paz. Vean “Extremo Centro” en YouTube. Lean Centinela, revista digital. Lean Nueva Revista. Lean a Víctor Lenore (y escuchen su podcast Truco o Trato). Cotejen sus ideas con las de Ignacio Peyró. Contrasten sus argumentos con los de Félix Ovejero. Discutan en voz alta o en voz baja con Barbara Ehreinreich o con Christina Hoff Sommers. O con María Blanco. O con Guadalupe Sánchez. O con Camille Paglia o Virginie Despentes. Feminismos liberales y/o libertarios, desacomplejados, no censores, libres, honestos, firmes y comprometidos, estos de verdad, hasta el tuétano, con la libertad. Asumamos de una vez por todas que las personas encasilladas en eso de “ser de derechas” tienen todo el derecho del mundo a exponer sus planteamientos. Lean a Ana Iris Simón y su Feria: ahí está casi todo. Salpimienten sus ideas con las de Alberto Olmos en su Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad. 

 

 

 

Debemos parar esta locura neo-inquisitorial (lean a Áxel Kaiser), tomar resuello y reflexionar. Si confundimos causas con consecuencias vamos por mal camino. Si creemos que la Constitución es el problema cuando se ha demostrado la solución, en el nuestro y en tantos otros países, ¿qué podemos esperar del discurso que pretende hacerla de menos a diario? Algo acecha en las profundidades y todo apunta a que es amenazante cuando no preocupante (lean las reflexiones de Ángel Rivero y de Carlos Granés sobre el populismo). Podemos combatirlo, pero siendo audaces a la hora de combinar razón y emoción. Si sólo fluye la primera, no nos alcanza. Si sólo la segunda, la histeria y la locura colectiva están garantizadas. Por favor, lean a Jonathan Haidt, quien mejor ha diagnosticado qué nos pasa en La transformación de la mente moderna, pensador de fuste digno heredero de Christopher Lasch. Añadan ese libro imprescindible que es Estudios del malestar, de José Luis Pardo. Adiós, Slavoj Zizek. 

 

Cojamos aire. Participemos de la conversación colectiva reconociendo en el otro a un ser humano de verdad. Con sus muchas imperfecciones y lagunas y taras. Reconozcamos que somos contradictorios y que lo único que garantiza que podamos serlo es, precisamente, este sistema llamado democracia constitucional, donde se respetan unas reglas, derechos y valores básicos inherentes a la más elemental dignidad humana (sólo las dictaduras quieren, porque lo necesitan, a monolitos graníticos y homogéneos, no a ciudadanos libres y, por ende, diversos y plurales). Lean a Diego Garrocho Salcedo y su Carta a un joven postmoderno. Testen sus reflexiones con las de Douglas Murray y su Masa Enfurecida. Comparen “el sistema” con “otros sistemas”. O con el que teníamos hace cincuenta años. Miren a ver si ha habido algún periodo mejor en cuanto a paz y prosperidad en términos absolutos y relativos en Occidente. Aun con todo lo que tenemos encima. Hola, Steven Pinker. 

 

Si el feminismo deja de ser una causa justa, deja de ser feminismo. Recordemos lo obvio: combatir y castigar cualquier maltrato no es algo que esté en discusión. Hacer pasar por algo igual de indiscutible tratar mejor de inicio a algunas personas frente a todos podría ser aceptado, aun mirando de soslayo, en aras de conjurar discriminaciones anteriores. Intentar construir el sujeto colectivo de las mujeres como si fueran o pudieran ser justicieras pseudorevolucionarias, fuera de toda lógica, de toda Justicia y de todo tribunal, es instrumentalizar para los fines propios a seres de carne y hueso que flaco favor hace a nadie. No sólo no elimina el problema (¿pecado?) original, sino que crea otros adicionales e irresolubles. 

 

La Constitución de la mano del feminismo liberal dará tardes de gloria. La Constitución con un caballo de Troya dentro, adopte la forma que adopte, será hambre para hoy y miseria para mañana. Ya estamos viendo qué sucede cuando se intentan mover los cimientos de nuestra convivencia. Ojalá esto sea exagerado o equivocado. El tiempo, Juez implacable, dictará sentencia.